Cuando entramos por la magia de los medios de comunicación, por el oído o por la vista, al mundo de representaciones de la gente de manera sistemática, con un mensaje, ya sea por nuestra función o por nuestro trabajo, o porque las circunstancias nos llevan a ello, no debemos dejar de ser conscientes de la inmensa responsabilidad que esto supone.
Cuanto más “mediática” la persona, mayor atención a lo que dice y hace se le presta, para mejor o peor, para ella y los demás. Y cuando esa persona tiene una responsabilidad pública, lo mediático no es, a lo mejor, buscado por esa persona, sino que es una consecuencia de su función, por lo tanto, se espera que sus pasos sean más medidos, más pensados, o sea, más responsables.
Hay una serie de cuestiones que se le pueden hacer a las llamadas mass media. A la forma que retacean la realidad, cómo la recortan, la seleccionan, la recrean. En lo que se refiere a las imágenes, un autor dirá que “...Como en todo relato, la puesta en forma es puesta en sentido y la imagen –su selección, su temporización, su sintaxis- teje una trama, es esencialmente narrativa. Lo que le falta estará dada por la contextualización, la explicación, la argumentación; lo que le sobre –en cuanto a su impacto traumático- requerirá precisamente de su contención”[1]. Justamente en ese aspecto de lo “que le sobre”, es donde empieza la responsabilidad de quien “tiene la palabra”. Porque en ese aspecto de lo que las imágenes dejan “de hablar”, corre la interpretación; pero claro, una cosa es la interpretación reflexiva ( o no ) del televidente, por ejemplo, solitario en el living o comedor de su casa, y otra muy distinta de un opinador calificado o de un funcionario con una carga de responsabilidad representativa en su espalda. Son dos procesos muy distintos. El uno es reflexivo (o irreflexivo), autónomo (o inducido), se basa quizás en poca información, pero tiene como horizonte su propia experiencia, y el impacto de su opinión es mínima. El otro, por el contrario, lleva un mensaje, una intencionalidad, es preformativo y busca modificar las representaciones. Sin llegar a poner en tela de juicio sus intenciones, hay que decir que desde la base ya supone que lo que quiera transformar, lo debe hacer con responsabilidad.
Ahora, si el mensaje de esa persona que busca modificar las representaciones de los demás, que tiene una carga de responsabilidad extra porque representa a otros en su función ( un sector o población), nos damos cuenta de que su discurso también hace plataforma de lo que ve reflejado en los medios ¿dónde nos lleva esto?.
Insistimos de nuevo, ya no se piensa en que los medios informan de manera imparcial, volvemos a citar: “Según autores como Bell, las noticias se refieren, más que a hechos en sí, a una multitud de valores y a la forma que dichos valores son expresados por el lenguaje. Una idea consensuada por diversos teóricos considera al periodismo como un método de interpretación de la realidad y al periódico como a su más fiel interprete (...)”[2]. Por lo tanto, si vamos a ser conscientes del mundo y de sus tamices, hay que ver cuáles son los lentes que tomamos para verlos. Esos lentes son los medios de comunicación, que nos pintarán del color que ellos elijan la escena que ellos elijan; que interpretarán esa escena de acuerdo a cómo quieren ellos que sean reconocida; y dejarán sugestivos silencios pero con una idea debidamente canalizada, donde deseen generar el silencio y el vacío...
Yendo al principio. Si tengo la responsabilidad de hablar por un sector, por un grupo, porque represento a un grupo, y si el medio que uso es justamente el que me brindan los mass media ¡Cuánto debo preparar ese discurso! Y si lo preparo realmente ¡entonces, cuán consciente debo estar de sus consecuencias!.
¿A qué viene toda esta introducción?
A los hechos que nos tocaron vivir (y sufrir) al común de la ciudadanía argentina en estos últimos días del paro de los productores agrarios. Una situación que sacó a relucir lo mejor y lo peor de nosotros. Que desnudó el poder de la prensa en la construcción de discursos, de sujetos, y en la capacidad de los sujetos públicos para manejar situaciones de crisis con mayor o menor eficacia, con mayor o menor fortuna, con mejor o peor intencionalidad en cuanto a principios éticos.
Pero todo nos deja una enseñanza, y es eso lo que quiero dejar reflejado aquí. Sobre todo con relación a la violencia. Para que estemos atentos a ella. Para que seamos lo suficientemente consciente de que ella anida, agazapada, incluso en aquellos que se consideran bien intencionados. Y que, desgraciadamente, los medios de comunicación de masa, sirven muchas veces, como una caja de resonancia espantosamente eficaz para su reproducción.
Educar para la no violencia. Una responsabilidad de todos ( y aún más para la clase dirigente)
Nuestra función como educadores, formadores, es cómo hacer de nuestros jóvenes buenos ciudadanos, capaces de... muchas cosas, desde lo instrumental a lo ético espiritual. Todo apuntando al desarrollo óptimo de la persona. No me quiero detener en ello ahora. Pero desde nuestra función en Convivencia y Mediación Escolar, lo que nos preocupa es que los alumnos aprendan a salvar sus diferencias a través del diálogo, de la negociación, de la flexibilidad de las posturas, de la capacidad para ver el problema y la situación desde el lugar del otro...
Pues bien. Desde el inicio, el problema entre Gobierno y el campo es un ejemplo de lo que NO DEBE SER en un marco de convivencia en paz. Desde el inicio, no se respetó, por ninguno de los dos lados, lo más elemental de las posiciones de colaboración para el diálogo. Dirigentes de ambos bandos, legitimando sus posturas, llevaron al límite la situación de vida de millones de argentinos que resultamos convidados de piedra en esta situación, y en muchos casos, obligados a tomar partido por uno u otro.
Y como si esto fuera poco, los medios de comunicación, prensa escrita y televisión principalmente, buscan la manera de elaborar un discurso llamativo de acuerdo al prisma que mejor les sienta a la editorial y arrojando al éter esas opiniones, esas imágenes que, como ya vimos, son siempre seleccionadas, reinterpretadas, colocadas de acuerdo a una cadena “significante” que busca impactar de un modo especial. En suma: reflejan una realidad, pero las que el medio de comunicación particular, quiere reflejar.
Y luego el efecto secundario. La construcción de sujetos. Nada sabemos y nunca lo sabremos, qué hubiera sucedido con Gualeguaychú si nunca le hubieran puesto una cámara las veinticuatro horas a un dirigente que, desde el inicio, la prensa ya lo catalogaba como “duro”. Podemos ver las consecuencias. Esa dureza siguió y se reafirmó y se retroalimentó. Pudimos verlo en simultáneo, con el segundo discurso de
El otro punto. El manejo de la violencia. No supieron manejar los códigos de la buena comunicación, uno podría pensar que se debe a que cada parte cuidaba sus intereses y eso es entendible. Pero los discursos beligerantes, sobre todo de lado del gobierno, de quines tienen la responsabilidad de velar por la seguridad pública, nos dejan con muy pocos elementos para mostrar a la clase dirigente a nuestros jóvenes, como ejemplos de cómo manejar sus disputas sin apelar a la agresión.
Los discursos presidenciales, si bien llamaron a la cordura y a la conciliación, y hasta usó el término “humildemente”; también aludió a los medios de comunicación para hacer su propia interpretación de los retaceos de la realidad, y volverlo en contra y enfervorizar los ánimos de un grupo contra otro. En el último discurso, en lugar de usar un tono conciliador, antibeligerante, llamador a la paz y a la moderación, reaccionó a lo que consideró “Tantos ataques, tantas ofensas, tantos insultos” en la que necesariamente manifiesta “Sola no puedo. Necesito de la fuerza indestructible del pueblo” y arremete contra los del campo preguntándose “¿Se puede representar al pueblo y enorgullecerse de desabastecerlo?”.
Por el otro lado, la intransigencia de los ruralitas dio pie a que grupos sin representación (muy identificados con los gobiernos de facto) encontraran un acontecimiento social para embanderarse y tener una excusa para reivindicar a genocidas, o tratar de reconciliar a la sociedad con modelos económicos que ya dieron su fruto nefasto. En las rutas se vieron y vivieron tragedias, dramas y anécdotas, muchas de ellas marcarán para siempre a sus protagonistas, muy lejos de las cámaras de televisión.
Lo que siempre rondará la cabeza de cualquier hijo de vecino va a ser. ¿Cuando se toman decisiones, no se evalúan las consecuencias? ¿Cuándo las consecuencias se hacen presentes no hay un plan de acción, de contingencia? ¿Es mucho pedirles a nuestros dirigentes que se ocupen de trabajar sobre la realidad y no sobre la realidad que le dibujan los medios? ¿No se puede negociar antes? ¿No se puede circunscribir la situación de potencial beligerancia para que el foco de tensión sea lo más reducido posible?
Si tuviéramos estadistas como políticos, creo que tendríamos respuestas satisfactorias a todas estas cuestiones.
Lic. Alfredo Dante Vargas
Magíster en estudios sociales para América latina
Referente del Programa Nacional de Mediación Escolar
Referente del Programa provincial del Convivencia y Mediación escolar
[1] Leonor Arfuch: Las subjetividades en la era de la imagen. De la responsabilidad de la mirada, en Educar
[2] José A. León: Prensa y educación. Un enfoque cognitivo. Ed. Aique, Buenos Aires, 2006, pág 99